lunes, 2 de julio de 2007

A cien años...

Al principio fueron solo murmullos, susurros, pero los gritos de justicia se debían alzar inevitablemente, así debía ser, así se hizo. Los días sin luz y sus noches a ciegas debían terminar. De las ásperas piedras, de la seca tierra debía surgir el grito reivindicador de una clase sometida y deshonrada.

Aquella tarde solo me detuve para secar mi rostro sudado con un pañuelo, y por primera vez pensé: “tengo miedo”. Miedo!

Intenté congelar aquel sentimiento, y otorgar la fuerza necesaria para seguir adelante.

Dicen que el miedo se puede oler, que hiede desde lejos, se percibe, apesta, corrompe, enferma. Sin duda en ese momento se exhalaba un horrible olor, penetrante e inolvidable, pero no os equivoquéis, no es el miedo el que huele mal aquí, sino la sangre y la pólvora insolente que enlutaron el animo valiente.

Solo tres minutos bastaron, tres minutos de rápida y cobarde muerte, que ensombrecieron para siempre, o al menos para los que lo recordamos con el puño en alto, el triste crepúsculo iquiqueño de aquella tarde.

Pido venganza por el valiente, al que el fusil condenó, pido venganza por el huérfano doliente, que solo y con rabia quedó. Pido venganza por aquella ráfaga de odio e injusticia que el pecho de los obreros abrió, sin consideración y sin culpa. Pido venganza por el pampino que supo morir, que debió morir por la causa que abrazó.

Esas calamidades, demasiado lejanas, en tiempo y espacio envuelven la valentía despojada. Aquella burlada, violentada y usurpada,

a fuerza de cañón, de dolor y represión.

Por tantos años la historia se ha vuelto a contar, en tantos lugares parecidos, en los mismos segundos decisivos, a los mismos valientes condenados.

Ese impulso sinvergüenza que caracteriza a los que no temen, permite prometer lo que somos:

“Los muertos de siempre, muriendo una y otra vez más, pero ahora para vivir*”


*subcomandante marcos

**anaxtacia

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